No hubo sorpresas en los grandes premios: Das weisse Band (La cinta blanca), la película del austríaco Michael Haneke, partía como favorita de la crítica y recibió la Palma de Oro en una edición de Cannes que también hizo un hueco para el Anticristo de Von Trier y los bastardos de Tarantino, pero no para Almodóvar ni Coixet.
La actriz Isabelle Huppert, presidenta del jurado, no tuvo que justificar por qué daba el máximo galardón del festival a un viejo amigo que la hizo su musa en La pianista. La cinta blanca, escalofriante parábola ambientada en los meses anteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial, había ganado ya la víspera el premio de la crítica internacional.
Filmada en blanco y negro, con un ascetismo narrativo y un rigor fotográfico acorde con la aspereza de la historia contada, La cinta blanca nos transporta a un pueblo del norte de Alemania donde la vida es regida por los rigurosos principios morales del puritanismo protestante y donde comienzan a ocurrir una serie de agresiones inexplicables cuyos autores nunca son descubiertos. Haneke declaró que, pese a la historia alemana, no quisiera que su película se considere como una obra sobre el origen del nazismo. "Lo que muestra podría ser transportado a cualquier país", dijo. Sólo el francés Jacques Audiard parecía capaz de hacerle sombra con Un prophèt, su aterrador retrato de cómo un adolescente ingresa en la cárcel y acaba convirtiéndose en un carismático criminal. La cinta se quedó un escalón por debajo y ganó el gran premio del jurado. Quentin Tarantino y Lars von Trier entraron por sorpresa en el palmarés con dos películas muy discutidas que fueron premiadas por su aspecto más indiscutible: sus excelentes interpretaciones. Charlotte Gainsbourg definió su experiencia en la polémica Antichrist como la "más intensa, dolorosa y excitante vivida hasta ahora" al recoger el galardón a la mejor actriz del festival. Por su parte, la irreverente Inglourious bastards tenía como punto fuerte al actor austríaco Christoph Waltz, todo un descubrimiento en el filme de Tarantino.
El jurado, pese a rendirse a lo evidente en los grandes premios, dio amplio cuartel al cine asiático, que formaba un verdadero lobby. Probablemente el galardón más sorprendente fue el que recibió el filipino Brillante Mendoza al mejor director por Kinatay, perturbador retrato en tiempo real del secuestro y tortura de una prostituta. El chino Lou Ye fue recompensado por Spring Fever, una historia de amor homosexual rodada en la clandestinidad con ayuda de la coproducción francesa, y ganadora del premio al mejor guión, escrito por Feng Mei. El coreano Park Chan-wook y su peculiar visión del mundo vampírico (Thirst) recibió el premio del jurado, compartido con Fish Tank, de Andrea Arnold. Finalmente, se concedió el premio de honor a Alain Resnais, que concurrió con la brillante comedia Les herbes folles. Así, el cine español fue el gran olvidado. Pese a su doble presencia en el concurso, ni Almodóvar ni Isabel Coixet con su incomprendida Mapa de los sonidos de Tokio entraron en la lista de premiados, y eso que el manchego sonaba como candidato para muchos con su irregular Los abrazos rotos.
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